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Atte Jjaxxel



21 may. 2013

La confesión de Luisa


Lo primero que hizo mi mamá, tras confesarle que me gustaban ambos géneros, fue culparse y llorar. Me decía que lo que me estaba pasando era sólo una etapa y que no le diera mente, pues todo pasaría. Por aquella época (16 años) yo iba al psicólogo porque tenía unas fuertes depresiones que me confinaban a llantos maratónicos en mi habitación de Torices.

A ella fue a la primera persona que se lo dije.

Desde el colegio femenino de monjitas de clausura sabía que me llamaban la atención las niñas. Pero la primera mujer que me abrió los sentidos al mundo inhóspito de la homosexualidad fue Verónica, una argentina que se convirtió en mi amante durante todo un mes.

Nos conocimos gracias a amigos en común que coincidieron en un restaurante italiano del barrio San Diego. La atracción fue inmediata.

Desde el principio de la velada, Verónica estableció contacto visual conmigo, mirándome de una forma poco común y apartándome del resto de mis amigos para incitarme a hablar de hombres, sexo y preferencias. Yo era muy tímida y casi no hablé, o más bien conversé sobre fotografía y vinos, dos tópicos que siempre me han interesado.

A mí me sorprendió que la extranjera, que lucía una larga falda negra y una blusa sencilla del mismo color, tuviera tanto interés en cada uno de mis comentarios y actos que iban dirigidos a neutralizar un poco la tensión.

Ella, en cambio, sólo respondía: “tienes cierta vibra”.

Aura de autoridad

Esa fue también la primera ocasión en la que sentí que mi inclinación sexual era totalmente evidente para alguien.

La noche siguiente, después de esa farra memorable del primer encuentro con Verónica, me confundió el olor a otra boca, a la suya, a su aliento como una emanación a anís y cigarrillo.

Era el recuerdo aún nebuloso que dejaban las fiestas que luego organizaría Verónica cada fin de semana posterior y como excusa para encontrarse conmigo. Con ella aprendí que tenía derecho a ser diferente.

Yo para ese entonces, a diferencia de Verónica, tenía una delgadez incierta y mestiza, pelo negro y lacio, que me hacía interesante ante los ojos de la que iba a ser mi primera novia. Ella en cambio tenía los ojos verdes como aceitunas, contextura media y una voz ronca que la envolvía en un aura de autoridad que me encantaba.

Entre tanto, mis papás me decían que la gente homosexual siempre estaba metiendo vicio y que yo no podía ser así. Que, básicamente, eran ideas de mi cabeza.

Cuatro años después, a mis 20, resolví recordarle a mi mamá el asunto que habíamos hablado y postergado. El que nunca había quedado claro, más por su reticencia a aceptarlo y a darle por fin la cara que por las consecuencias inocuas que generara mi verdadera orientación.

Le pregunté si se acordaba de mi confesión. Le dije que eso no había cambiado, pero ella me seguía diciendo: “ya te he dicho que no le des mente a eso, Luisa”.

“El ambiente”

Para ese momento yo ya iba a sitios de entretenimiento nocturno gay: Le Petit y Estudio 54. Y es que en este ambiente uno se conoce con todo el mundo que está en lo mismo. Por eso prefería que no le llegaran con cuentos a mis papás y afrontar la situación, además porque mi mamá empezó a controlar demasiado mis salidas, me llamaba, insistentemente, a toda hora.

En esa época ya estaba viviendo “el ambiente”, dándome a conocer y mi buena madre me preguntaba por qué no salía con chicos.

Pero no digo que nunca me hayan gustado los hombres, sólo que no ha pasado de una emoción física. Salí con muchos pero a todos los desechaba. Nunca daba el siguiente paso a un noviazgo porque no me sentía capaz.

Con ellos sólo tuve experiencias para terminar de definir mi sexualidad, y fue una especie de obligarme a vivir ciertas cosas. No me arrepiento. No puedo decir que tengo un odio hacia los hombres como sí le ha pasado a muchas mujeres.

A través de esa experimentación me di cuenta que de por sí, hombres y mujeres tenemos la misma naturaleza base. Es decir: hacemos lo mismo, celamos de la misma manera, somos igual de inseguros y una relación es tan complicada en una pareja hétero como en una homosexual.

La primera persona, después de Verónica, con la que sí confirmé mi orientación fue Carolina Pachón. Ella me decía que yo debía escoger el sexo con el cual me sienta más afín porque con la exploración en ambas vertientes iba a llevar una vida muy promiscua, y yo no era, ni soy, ese tipo de persona.

Cuando la conocí la química fue muy grande. Me gustó mucho de entrada pero el problema era que ella estudiaba en Bogotá, aunque siempre venía de vacaciones a Cartagena.

“El tema no se toca”

Después de encontrar que había más gente como yo, empecé a conocer a los activistas, y comencé a notar que lo que me faltaba era dejar muy clara mi tendencia en mi casa porque todo el tiempo mi mamá me estuvo reprimiendo.

El día decisivo me levanté con una resaca tortuosa de la cama enorme y blanca de la que por entonces era mi pareja ocasional y mi mejor amiga.

Caminé un largo trayecto desde el Centro Histórico donde se hospedaba Carolina hasta la casa de mi familia. Le di un ultimátum a mi mamá, diciéndole que no iba a regresar en todo el fin de semana. En ese momento me sentí con la fuerza suficiente de decirle de un solo golpe y sin paños de agua tibia que era lesbiana. Mi mamá se comunicó con mi papá por celular y él me llamó, también me llamaron mi abuelita, tía, y primo –motivados, como es natural, por mi madre- e intentaron disuadirme pero yo ya estaba resuelta.

Por fin, salí totalmente del closet a mis 22 años. Pero aún no había conocido a Jimena (su pareja actual con la que lleva más de 3 años de relación estable). La conocía sólo por el ambiente.

Ella es médico y fue interesante porque, pese a que yo no me veía lista para un compromiso, ella me gustaba mucho y cumplía todos los requisitos: especialmente se veía fiel. Fue difícil al principio porque yo le llevo a ella cuatro años y los papás de Jimena todavía no saben su condición pero lo sospechan. La ventaja es que ya nos conocemos muy bien. Sabemos lo que nos gusta y nos sentimos más cómodas. Incluso la agarro de la mano en la calle.

Me parece que ella está atravesando lo mismo que yo pasé con mi familia, pero Jimena no se ha podido emancipar, por lo que han pasado ya tres semanas en las que no he podido verla.

Atentados contra la población LGBT

De acuerdo con la corporación Caribe Afirmativo, que en Cartagena lidera la defensa por los derechos de la población de Lesbianas, Gais, Bisexuales y Transexuales (LGBT), se han cometido 7 homicidios de personas LGBT en presuntos actos homofóbicos en el caribe colombiano durante los primeros cuatro meses de 2013.

La organización también advierte que hubo 6 tentativas de homicidio, se amenazaron 3 líderes de ésta población, y circularon cuatro panfletos amenazantes.

Estas siete muertes y dos más que están en proceso de documentación (una en Barranquilla y otra más en Puerto Colombia, Atlántico), se suman a los 25 homicidios de personas LGBT en 2012, y están siendo investigadas por la Fiscalía.

Según Caribe Afirmativo, la tendencia es que los más afectados son siempre hombres gais, dado que el año pasado, de los 25 homicidios, 12 fueron perpetrados en contra de hombres gais, 2 a mujeres lesbianas y 11 a mujeres transexuales.


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